• David Boix

CULPABILIDAD Y CÍRCULOS VICIOSOS


“Me siento culpable” es una expresión que hemos escuchado o dicho y también un sentimiento que hemos tenido en nuestra vida quizá demasiadas veces. La culpa en nuestra cultura de raíces cristianas está relacionada con haber cometido algún pecado y haber transgredido la ley de dios. A nivel legal cuando en un juicio alguien es declarado culpable se le impone una pena que debe cumplir para ser liberado posteriormente. El culpable es señalado, debe reconocer su falta, arrepentirse y expiar sus culpas por medio de algún sacrificio o penitencia. Con ello consigue el perdón.


A lo largo de nuestra vida los juicios morales sobre lo que está bien o mal nos acompañan desde los primeros años. Nuestros padres se encargaron de señalar aquello que era correcto o inadecuado y con sus frases o gestos nos dejaban bien claro qué estaba permitido hacer y qué no lo estaba. Como niños fuimos educados en muchas ocasiones con un sentimiento de culpa, cuando hacíamos alguna travesura “Te has portado muy mal” o ¡La culpa es tuya! eran frases terribles que solían venir acompañadas de una bronca. Después podían imponer un castigo para pagar por el acto cometido al que en ocasiones se unía el “¡Para que aprendas!


También el ¡Pide perdón! era habitual como modo de tratar de compensar nuestra falta. Sabíamos que debíamos pronunciar la palabra mágica ¡PERDÓN! o decir ¡LO SIENTO! Para que la situación no fuera a más ¿pero cuántas veces sentíamos de verdad lo que decíamos y cuántas lo hicimos para salir del paso lo antes posible? Los niños suelen aprender pronto qué estrategias les ayudan a sobrellevar las situaciones difíciles, pero la moral se desarrolla más lentamente.


Algunos progenitores aplican castigos a sus hijos pensando que con ello van a conseguir que no se repitan las conductas que consideran indeseables y que los menores aprenderán con ello. En realidad el castigo es una forma de agresión de la que muchas veces no se es consciente y la energía agresiva vuelve en muchas ocasiones, como un boomerang, hacia el que la utiliza. Como dice Bruno Bettelheim en su obra- No hay padres perfectos-“Lo que los niños aprenden del castigo es que la fuerza es la razón. Cuando sean lo suficientemente mayores y fuertes, buscarán la revancha; así, muchos niños castigan a sus padres actuando de un modo que les disguste”.


Hoy muchos padres y madres repiten la vieja fórmula de culpabilización y castigo y evidentemente los resultados son iguales o similares. Veo en muchas familias, incluida la mía propia, como la culpabilidad es una patata caliente de la que todos se quieren desprender rápidamente, bien sea a través de pedir perdón o de proyectarla al otro ¡la culpa es tuya¡ ¿Quién va a querer cargar con algo tan pesado?


Veo como muchas veces los niños piden disculpas para tratar de pacificar un conflicto y dicen lo siento sin sentirlo verdaderamente. Han encontrado una manera sencilla de cerrar una situación, aunque sea un cierre en falso verdaderamente. Comprenden que así pueden pasar a otra cosa, pero no entienden el alcance de sus actos, su responsabilidad, y por consiguiente no pueden empatizar con el que ha sufrido el daño. Otras veces pueden ser más conscientes pero no saben hacer otra cosa distinta. Por ejemplo en las agresiones debidas a los celos entre hermanos o las respuestas impulsivas violentas, si no son capaces de aprender a hacer cosas nuevas repetirán lo habitual.


En los padres y adultos suelo ver la proyección de la culpabilidad: la culpa es de la pareja, o de “tu madre que le consiente mucho”, del colegio, etc. Ello evidentemente no resuelve nada. Y en otras ocasiones, igual que los niños, los adultos piden perdón solamente para salir del paso, soltar la carga y poder hacer lo mismo de siempre más adelante.


A veces alguien asume completamente la culpa pero anclado en ese lastre es incapaz de hacer algo más productivo que flagelarse y repetirse ¡Por mi culpa! Porque como decía la culpa suele conducir a un círculo vicioso: se produce una falta, se señala un culpable (o alguien se autoinculpa) una penitencia y finalmente se queda libre para volver a cometer la falta. Pedir disculpas forma parte de este guion aprendido como un hábito repetitivo, una manera económica de salir de esta situación que sin embargo la perpetúa.

RESPONSABILIDAD




¿Cómo se puede salir de este círculo vicioso? Creo que la rotonda de la culpa necesita una salida en la que la consciencia ocupe un lugar principal como indicador de dirección. En el punto en el que ha sucedido una situación donde uno ha dañado a otro, se debe hacer consciente de su responsabilidad en lo sucedido. Responsabilidad significa poder ver mis actos y el efecto que le han causado al otro, es decir cómo ha sido afectado por ello. Aquí vendría una de las acepciones que según la RAE tiene el término responsable:

1. adj. Obligado a responder de algo o por alguien.

La propia palabra proviene del latín responsabilis 'que requiere respuesta', y de responsāre 'responder'.


En primer lugar comprender que somos agentes y responsables de nuestros actos. YO HE HECHO ESTO. Aquí muchas veces se puede tratar de justificar nuestro comportamiento y proyectar nuestra responsabilidad, por ejemplo diciendo que “Es que él ha hecho esto” como un modo de justificación de mi conducta.

Pero aun admitiendo que el acto de una persona precedió al mío ¿Justifica ello totalmente mi comportamiento posterior? ¿Podría haber hecho algo distinto? A estas cuestiones creo que se refiere la siguiente acepción de responsabilidad:

4. f. Der. Capacidad existente en todo sujeto activo de derecho para reconocer y aceptar las consecuencias de un hecho realizado libremente.


Desde el punto de vista de la Teoría de Campo en una situación dada todos los elementos forman parte de la misma y contribuyen a crearla. Es decir colaboran en ella.

Es decir, que en una situación con varias personas cada una de ellas tiene influencia en lo que ocurre en una situación, A afecta a b y b afecta a A. No podemos evitar sentir ciertas cosas porque nos afecta lo que ocurre (sentimos afectos), por ejemplo enfado con alguien, pero otra cosa es que queramos justificar una agresión cargando toda la responsabilidad en el otro “Como él me ha enfadado puedo gritarle o insultarle”.

En el caso de algunos padres expresiones como “mi hijo no es responsable” o “debería ser más responsable” señalan que la responsabilidad paterna no se ha asumido y se proyecta en el niño.

REPARACIÓN




Si aceptamos nuestra responsabilidad ya habremos dado un paso importante en otra dirección más constructiva. Sabremos que tenemos una influencia en lo que ocurre y con los que nos rodean. Sabremos que aunque no hayamos hecho las cosas de un modo que nos haya dejado satisfechos tenemos la capacidad de obrar de un modo que pueda ayudar a mejorar nuestra relación con el otro, por ejemplo mediante la reparación. Y no lo haremos porque queramos salir de la situación rápidamente sino porque moralmente entenderemos que es lo correcto y lo responsable. Podremos empatizar con quien ha sufrido el daño y entender la capacidad de elegir una manera de reconocerlo y hacérselo saber.


Pedir disculpas de manera sincera es un reconocimiento de mis actos frente a otro y permite restablecer o mejorar la relación dañada. Es cuidar al otro porque le queremos y apreciamos nuestra relación con él.

Cuando una madre o un padre lo hacen frente a sus hijos enseñan una bonita lección que no puede superar ningún discurso.

Los niños aprenden en gran parte como imitación de los modelos que les ofrecen sus padres, de este modo comprender de manera reflexiva que es posible equivocarse con el otro y preocuparse por él reconociendo una equivocación y reparando el daño causado.


Y cuando es el niño el que hace algo que no está bien los adultos pueden ayudarle señalando el acto en sí y el efecto que tiene sobre ellos. Evitando los “ERES” que son etiquetas dañinas para la personalidad y la autoestima. Por ejemplo si una niña ha dejado todos sus juguetes tirados y no los ha recogido, en lugar de “eres un desastre” será mucho mejor expresar como nos sentimos con este hecho. De este modo es más fácil desarrollar un sentido moral y la empatía al expresarle nuestros sentimientos. De este modo la culpa sale de la ecuación, pues no es lo que subyace en nuestra relación ni lo que se busca. La niña puede comprender como ha afectado a otros y reparar este hecho recogiendo sus juguetes sin necesidad de sentirse culpable.


A veces se confunde la autoridad con dureza y la firmeza con brusquedad. Sin embargo nada resulta más útil que la firmeza cuando es serena y tranquila. El aprendizaje resulta mucho más sencillo a través de la calma y se inhibe en situaciones de estrés. Así unas palabras tranquilas son mejor recibidas y producen un efecto mayor en el cerebro.

PARA CONCLUIR

Comencé este artículo hablando sobre las raíces de nuestra cultura y su relación con la culpabilidad y el castigo. Es evidente que hemos recibido una herencia y que es necesario conocerla si queremos saber quiénes somos, de dónde venimos y cómo llegamos hasta aquí. Pero una herencia es una influencia no una sentencia que nos obligue a continuar así para siempre. Culpabilizarnos o culpabilizar a otros no servirá de nada; ellos hicieron lo que mejor que pudieron y ahora nos toca a nosotrxs.

Tenemos que preguntarnos adónde vamos, o por lo menos adónde nos gustaría ir y cómo podemos hacer ese camino. Si queremos que las cosas sean distintas tenemos que empezar siendo distintos y tratándonos de esas nuevas maneras. Como dijo Gandhi-Seamos el cambio que queremos ver en el mundo. Esa es nuestra gran responsabilidad.


David Boix García

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