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  • David Boix

BULLYING: DEL ACOSO A LA PROTECCIÓN



El bullying o acoso se puede considerar una forma de opresión. Las formas de opresión tienen variadas formas como maneras de rechazo, por ejemplo la xenofobia, la gordofobia, el racismo, etc. Según el diccionario de la rae la opresión es:

-Ejercer presión sobre algo

-Producir agobio o desasosiego grave a alguien

-Someter a una persona, nación, a un pueblo, etc, vejándolos, humillándolos o tiranizándolos.

Cualquiera que sea la forma de la opresión contiene elementos de agresión, un deseo manifiesto de hacer daño convertido en ataque y violencia.


En el caso del acoso escolar y del acoso virtual la característica principal es la opresión por parte de los iguales, niños o adolescentes,a aquellos individuos que son considerados diferentes de manera negativa. Para los agresores, la figura de agresión es aquella que destaca por su diferencia: homosexuales, empollones, personas de otras razas, tímidos, etc.

Es decir, la opresión comienza cuando se percibe una ruptura de la confluencia respecto a los propios deberías o introyectos (como debería ser y como deberían ser los otros). Esta diferencia no es tolerada, se percibe al diferente como “amenazante” y de manera no consciente se le teme y rechaza. Mediante la agresión se trata de controlar este miedo y también de controlar y aislar al agredido. La intolerancia es la no tolerancia ni aceptación de las diferencias a las que se trata de destruir o al menos atacar. Por lo tanto estaríamos hablando de una confluencia patológica, que el agresor siente en riesgo y de unos mecanismos neuróticos a los que recurre para evitar el peligro. Evidentemente el agresor no es consciente de lo que siente y justificará sus actos. Si la emoción comenzara a surgir, proyectaría sus sentimientos de manera que vería el miedo en el otro.


Cuanto más se teme al otro más fuerte es la agresión. A lo largo de la historia los regímenes más opresores han sido los más extremistas e intolerantes con los demás, como el nazismo.

Hay que tener en cuenta que el acoso suele suceder en un período vital, la adolescencia, en el que la pertenencia al grupo de iguales está en primer plano para los adolescentes. Ser parte de la comunidad, compartir gustos y actividades, ser reconocido y aceptado es vital para el adolescente, que necesita esos nuevos lazos mientras deshace y reconstruye la relación familiar. Por lo tanto en esa etapa pertenecer a la comunidad es básico, de lo que se desprende la necesidad de una cierta confluencia con el grupo, formar parte del fondo común. El problema viene cuando la confluencia deviene en patológica y el adolescente pierde sus límites y se confunde.


Decíamos que el agresor confluye con una serie de deberías o introyectos que rigidifican sus pensamientos y lo que puede tolerar o no. Esos introyectos pueden formar parte de una determinada educación familiar y de los mensajes recibidos durante años, por ejemplo “todos los moros son malos”. Cuando estas ideas no son asimiladas ni contrastadas con la realidad sustituyen cualquier percepción basada en los hechos y se ve al otro como malo.

Pero también algunos adolescentes aun no habiendo recibido dichos mensajes a lo largo de su educación pueden terminar confluyendo con los agresores y adoptando estas ideas y actitudes. Aquí la pertenencia al grupo es vivida como una lealtad en la que no se cuestiona la veracidad o no de las creencias pues lo que prima es ser igual a otros, es decir no diferenciarse y no tener límites propios. Algunas de estas actitudes más extremas las podemos ver en los miembros de grupos ultras o sectas, en las que la conformidad y obediencia absoluta a los preceptos y creencias cierran el paso a la reflexión racional. Suelen haber sido buenos chicos en la infancia, según sus padres, no daban problemas y eran obedientes. Aunque pueden ser agresores o cómplices de la agresión, generalmente no son líderes pues tienden al seguidismo y a la confluencia con una figura de autoridad. Tras la infancia han sustituido a sus padres por los compañeros como figuras de autoridad y confluencia.

Por otra parte están las víctimas o agredidos. Por supuesto ellos desean pertenecer también a grupos y encajar de alguna manera.

En entornos escolares como los institutos los adolescentes tienden a agruparse. En ocasiones los chavales tratan de agradar y de integrarse en uno de los grupos, a veces el más numeroso. Pero esta conducta puede producir el rechazo por parte de los integrantes de este grupo. Tal vez no se le considera con derecho a ello, es demasiado diferente “es un pringao” “un maricón” o un “friki”. El rechazo podría manifestarse a través de la indiferencia, pero en otras veces puede terminar en agresión más manifiesta. Algunos adolescentes insisten en sus tentativas para lograr ser aceptados y tratan de comportarse de modos parecidos a los de los miembros del grupo. Otros pueden reaccionar con cierta agresividad al rechazo, lo que puede generar una espiral de agresión y contra agresión. En muchos casos, la situación deriva en acoso más o menos permanente y los problemas psicológicos se van agravando con el tiempo. En los casos más graves el adolescente se aísla, disimula con su familia y no cuenta nada.

¿Por qué muchas veces las víctimas no cuentan nada? A la víctima de acoso escolar le sucede como a muchas mujeres que sufren violencia machista: llegan a pensar que merecen ser tratadas así. Las vejaciones y el sentimiento de aislamiento pueden llegar a socavar la autoestima hasta límites insoportables, e impedir al acosado buscar ayuda. En muchos casos sienten vergüenza. Otras veces temen ser ignorados. Todo ello nos habla de un sentimiento de falta de apoyo por parte del entorno, no se siente la confianza en el otro y tampoco en uno mismo.


Pero en una situación de acoso intervienen muchas personas, que ya sea por acción u omisión forman parte de la misma y contribuyen a crearla aun no siendo conscientes de ello. Generalmente en una situación de acoso se asignan varios papeles:

-El acosador o acosadores

-La víctima o víctimas

-Los cómplices: generalmente se considera así, a aquellas personas que siendo conscientes de la situación se convierten en observadores pasivos y no hacen nada para tratar de resolver la situación, incluso aunque no estén de acuerdo con ella.

-La familia: ya sean de los agresores, víctimas o complices. La familia puede jugar un papel fundamental. Si hablamos de la familia de un agresor a veces podrá intervenir para desaprobar las conductas y otras podría reforzarlas.

En el caso de las víctimas la familia puede ser un apoyo fundamental aliándose para encontrar soluciones y cumpliendo su función de protección ante el conflicto. Desgraciadamente a veces las familias se convierten en un escollo negando o minimizando la situación. Solamente haciéndose cargo de la situación podrían convertirse en una apoyo para su resolución.

También en el caso de los cómplices las familias pueden ser un aliado para que los adolescentes puedan cambiar su papel en el conflicto y convertirse en figuras activas de cambio. De hecho, algunos de los programas más exitosos frente al acoso están potenciando el rol de apoyo (a las víctimas) de estos chavales frente a los acosadores.

Por lo tanto, la TGF en un caso de acoso va a tener en cuenta a diversos actores y escenarios que participan en la co-creación de esta situación. La familia va a ser un punto de apoyo básico, pero en muchos casos no suficiente. En primer lugar, para poder afrontar este problema, la familia debe ser consciente de la situación. Como decíamos más arriba a veces se niega o se minimiza, pero en otras ocasiones ni siquiera se ve y el adolescente no lo comunica claramente tampoco. Es muy importante que padres y madres estén muy atentos a cualquier cambio de actitud, comportamiento o conducta con respeto a su rutina diaria por parte de su hijo o hija. Esta es una tarea de cuidado que consiste en observar y vigilar para poder ser conscientes de lo que ocurre.


La familia tiene que estar alerta si observa en su hijo o hija algunas de estas características:

– Cambio de actitud: presenta un aspecto triste o deprimido, alteraciones del humor, irritabilidad, inseguridad, etc

– Pérdida de interés por las tareas escolares y empeoramiento de su rendimiento.

– Evita ir a la escuela

– Dificultades de concentración

– Alteraciones del sueño

– Tienen pocas amistades y escasas relaciones con los compañeros y compañeras del colegio, suelen estar solos.

– Síntomas de ansiedad

– Miedo/síntomas de pánico: temblores, palpitaciones, sensación de ahogo, etc.

– Miedo a estar solo o sola.

Ante cualquiera de estos síntomas la actitud de los progenitores debe ser preocupada pero tranquila. Si el adolescente que tiene dificultades para comunicarse percibe que el problema va a generar mucha ansiedad podría seguir negándolo.

En ocasiones no desean que se hable con los profesores o los agresores pues temen que la situación empeore. Es necesario hacerles entender que ello es necesario y que estaremos a su lado para protegerles..

Después será necesario ponerse en contacto con el profesorado y/o el tutor (o con la Jefatura de Estudios o el Departamento de Orientación) lo antes posible con objeto de conseguir la colaboración del instituto para la solución del problema. Preguntar por las medidas que se van a tomar para ello.

Hablar también con algunos compañeros o amigos para que los adolescentes se sientan acompañados en estos momentos. En ocasiones los chavales no perciben los apoyos disponibles. La situación les deja tan apesadumbrados que parece que no hay nadie para ellos. Hacerles ver que no están solos, que tienen personas a las que importan y les van a ayudar es un punto clave.


Puede ocurrir que se sienta culpable de lo que ocurre y entonces hay que devolver un mensaje firme “no son culpables de lo que les está pasando y no merecen ser tratados así”.

-El entorno escolar: siendo los colegios e institutos los entornos en los que ocurren en muchas ocasiones estas situaciones, los profesores y equipos directivos se convierten en piezas muy importantes en esta problemática.

Hoy en día existen protocolos de actuación en caso de acoso escolar, pero la experiencia nos dice que no sirven de nada si los profesionales no son sensibles y se implican ante lo que sucede en sus centros. La prevención efectiva comienza con una detención precoz del problema. Estar atento a lo que sucede entre los chavales, tanto en la clase como en los patios. Observar las dinámicas relacionales, los grupos que se forman, quien pertenece a ellos y quien es excluido. Ver si se manifiestan síntomas alarmantes. Tener comunicación y confianza con los alumnos de manera que pueda tener información de lo que pasa en su clase o centro y ser percibido como figura de apoyo en caso de necesidad.

Y si no ha podido ser detectado a tiempo, poner en marcha las medidas que garanticen que el problema no se agrave.

Al tiempo que se trabaja a nivel familiar, puede ser importante también trabajar en sesiones aparte con el adolescente. Puede tener dificultades para relacionarse con el mundo en general o haber desarrollado una depresión a raíz de esta situación. Tener un espacio propio de expresión y apoyo a nivel individual en este momento de crisis es un aspecto fundamental en la intervención. En una de nuestras intervenciones, una adolescente de catorce años, a raíz de un trabajo corporal pudo ser consciente de su dificultad para poner límites a los demás. Fue consciente de que aguantaba hasta lo intolerable y decidió que ya no lo iba a hacer más. A partir de ese momento fue capaz de ser más asertiva y decir no a los demás. Ello, unido al apoyo de su familia y amigos la ayudó a cambiar una situación en la que se sentía impotente y oprimida. Este es un ejemplo de cómo los niños y adolescentes a menudo se ven inmersos en situaciones de opresión también por su manera de responder ante los conflictos. De algún modo los agresores saben que van a poder con alguien que se muestra pasivo. Cuando el oprimido cambia la forma de responder ante la situación, se energetiza y actúa con otros ajustes creativos, la situación puede cambiar.

Estamos hablando de las familias que sufren la agresión, pero de igual modo sería positivo trabajar con las familias que están en una situación de agresión o de complicidad, es decir cuyos miembros (o alguno de ellos) co-crea la situación por acción u omisión. Si aquellos que agreden o consienten la agresión se pusieran en tratamiento, y no solo las víctimas, el cambio sería drástico y a nivel social avanzaríamos mucho, pues todos entenderíamos nuestra responsabilidad social en esta situación.

Pero además del entorno familiar, y sobre todo con los adolescentes, el trabajo con el entorno de iguales es muy importante. Hoy en día el trabajo en los centros escolares se está centrando en el apoyo del grupo a las víctimas y frente a los agresores. Cuando conseguimos que el grupo de los cómplices por omisión u observadores varíen su rol y se conviertan en protectores los resultados son bastante rápidos. La víctima deja de estar aislada, ahora forma parte de un grupo que se defiende y no es oprimido. Los agresores pierden fuerza, ahora se enfrentan a un grupo más numeroso y los que comienzan a sentirse aislados son ellos. El cambio de fuerzas es drástico y la resolución inmediata.

Por lo tanto la concienciación del grupo como agente de cambio: poderoso, fuerte y defensor implica un nuevo rol del grupo, que pasa de cómplice a protector. Se da una confluencia sana en él, la de la confianza en que todos son iguales en cuanto a respeto y tolerancia de las diferencias que pueden ser aceptadas.


En las últimas semanas he estado impartiendo talleres de prevención con alumnos de primaria de un colegio público. El nombre del taller era “El poder del grupo” y en él he tratado con las niñas y niñas sobre lo importante de elegir el lugar en el que estar en una situación de opresión. Se puede estar al lado de los agresores, en cuyo caso te conviertes en cómplice o se puede estar en el lado de los oprimidos con lo cual te conviertes en protector. La unión defensora se convierte en un apoyo mutuo que neutraliza la agresión, porque los niños entienden que esa unión hace una la fuerza, la buena fuerza, la que protege y defiende de los abusos.

Ese tipo de unión es la que nos ayuda a conseguir una sociedad en la que las personas puedan encontrar un lugar de pertenencia en el que se respeten las diferencias y la autonomía. Una casa en la que todas puedan vivir.


David Boix García



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